Mostrando entradas con la etiqueta 1º y 2º Bachillerato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1º y 2º Bachillerato. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de octubre de 2015

HERE WE GO AGAIN!

Here we go again!



Siempre quedan soñadores. Pocos, pero siempre quedan soñadores.
Hay, sin excepción, algún que otro individuo que es diferente. 
En este mundo todos somos especiales a nuestra manera, pero siempre podemos crear unos grupos en función de nuestros gustos, nuestras aficiones, y todo aquello que encontremos en común con los demás. 
Ese era el fin del Blog, o al menos, fue lo que me hizo ver su anterior administradora. - ¿Anterior? ¡Actual! - 

La finalidad de este rincón virtual era exponer, hablar, opinar, dar a conocer, expresar y mostrarnos los unos a los otros, qué es aquello que nos quita el sueño a la hora de dormir. Eso que, acostados en la cama y tras apagar la luz, nos sigue trayendo pensamientos fugaces admirando lo que acabamos de experimentar, el vuelco que te acaba de dar al corazón o, por qué no, lo poco que te ha gustado. 

Todos - espero -  hemos leído al menos un libro. Todos nos hemos dejado cautivar por el aroma de las páginas y la tinta avanzando a velocidad cada vez más inquieta, leyendo línea tras línea, página por página, admirando cómo, poco a poco, nos dejamos introducir en nuevos mundos e historias.

Tras observar el punto y final del libro, hay algo que nos corroe, una necesidad inhumana de gritar, de explicar todo lo que ha pasado, de decir que ha sido una experiencia increíble o lo poco que la hemos disfrutado.

Y por eso me presento hoy aquí. Para decir que no sois los únicos, que todos experimentamos cosas así, que estamos hechos de carne y hueso, y que, con una sonrisa, aceptaremos todas vuestras opiniones en este lugar. Tanto si son sobre literatura, como si hablamos de teatro, de cine, de viedojuegos de arte o de cualquier medio que nos haya causado sensación, que haya despertado nuestra sensibilidad.

Así que, gracias por todo Caecilia, aunque lleguemos un mes tarde, estamos de vuelta.
Esta vez no solo uno, sino tres somos los factotums del lugar, que intentaremos por todos los medios, que sea un lugar libre de expresión y lleno de vida



Jorge Erostarbe Ochoa (Uno de esos soñadores)

miércoles, 13 de mayo de 2015

CERTAMEN DE RELATOS DEL IES DOCTOR SANCHO DE MATIENZO (V)



Abandonamos el género de terror -¡buf!- para sumergirnos de lleno en la ciencia ficción, salpicada, por aquí y por allá, de tintes macabros y de un humor negro marca de la casa. El título de hoy es “El lunar”, del bueno de Fernando Pérez Sañudo, de 2º de Bachillerato, que ha obtenido el primer premio en la categoría C, para alumnos de 1º y 2º de Bachillerato.
Dejad de lado vuestros prejuicios sobre el género porque “El lunar” es un relato redondo y divertido sobre los peligros de la hipertrofia tecnológica y sobre cómo aquello que deseamos puede volverse contra nosotros mismos. ¡Enhorabuena, Fernando!

EL LUNAR
(FERNANDO PÉREZ SAÑUDO, 2º BACHILLERATO)
            -Como ya les aseguré hace dos meses, el producto está listo y personalizado según la ficha que rellenaron –les informó el dependiente que les había atendido la última vez que fueron a aquella oficina.
Ricardo Bilbao miró a su esposa con una sonrisa de satisfacción.
            -En Corpus Machina nos tomamos nuestro trabajo muy en serio. El 96% de nuestros clientes aseguran que los productos que ofertamos realizan correctamente sus funciones y se corresponden con las peticiones y sugerencias de nuestros compradores –prosiguió apoyando sus manos sobre la mesa- Ya saben que nuestra empresa fabrica androides basados en modelos humanos. Ustedes, el matrimonio Bilbao-García, solicitaron el día dieciocho de enero un modelo Gines con las siguientes características, ¿correcto?
Lobelia García leyó la ficha que el dependiente había situado sobre el escritorio y comprobó que cada una de las casillas que contenían los datos sobre la personalización del producto eran correctas.
Marido y mujer firmaron en el último recuadro que había en la hoja, junto al sello azul de la empresa.
            -Correcto –sentenció Lobelia Bilbao y le devolvió la ficha al dependiente.
            -Bien, solo queda mostrarles el resultado final. Después solo tienen que abonar lo que falta del pago y el producto es todo suyo.
El matrimonio asintió casi al mismo tiempo mientras el encargado sacaba de un cajón metálico un mando a distancia que situó sobre la mesa.
            -El Gines ofrece múltiples posibilidades que los modelos anteriores no poseían. La inteligencia artificial ha sido mejorada, siendo totalmente acorde según la situación que se esté viviendo. No obstante, ustedes pueden alterarla utilizando estos botones de aquí o con el control de voz y olvidarse de la tensión de tener una hija adolescente. Desde Corpus Machina les aseguramos que no notarán diferencia con ella–explicó entregándole el pequeño mando a distancia a Ricardo Bilbao.
Este pulsó el botón de encendido, que se iluminó con una luz amarilla y, en poco tiempo, su compra entró en la oficina con unos movimientos muy realistas y naturales. La piel y los cabellos habían sido recreados con gran precisión y detalle.
            -Como pueden comprobar, el resultado es excepcional.
Lobelia García frunció el entrecejo cuando observó los pómulos rosados de la réplica robótica de su hija.
            -Pero… Hay un error –anunció con preocupación.
            -Eso no es posible, señora Lobelia, Corpus Machina ha seguido todas las directrices.
            -¡Le digo que hay un serio error! –exclamó como una energúmena.
Ricardo trató de calmarla, pues Lobelia padecía de claustrofobia y convenía actuar con cautela cuando le azotaban aquellos brotes de estrés.
            -Falta el lunar de su mejilla –añadió Lobelia mostrándole al dependiente una foto de carnet de su hija.
            -Sin duda algo prescindible –reprochó el dependiente atándose la chaqueta de su traje.
            -En absoluto. Es totalmente imprescindible. Sin ese lunar es como si no tuviese personalidad alguna. ¡Qué digo, como si no tuviese cerebro! –lo reprochó Lobelia.
            -Como ya he dicho, Corpus Machina se toma muy en serio su trabajo. Su modelo Gines ha sido probado y funciona correctamente. Miren: ¡Gines 208, habla! –ordenó al robot.
            -¡Deja de comportarte como una loca, mamá! Me avergüenzas –habló con una voz muy humana.
Ricardo se estremeció en su silla.
            -¿No pueden añadir el lunar?
            -Me temo que eso es imposible.
            -¡Es terrible! ¡Mírala, Ricardo! Ni siquiera parece una persona –Lobelia se llevó la mano a la frente con desesperación.
            -No se preocupen –sonrió el dependiente- Después de todo un Gines nunca se estropearía al caer por las escaleras. Claro que no se puede decir lo mismo de su hija.
Lobelia lo fulminó con la mirada.
            -La política de nuestra empresa promueve la diversidad y la estética en nuestros productos. Cualquier sinónimo de imperfección es erradicado en nuestros androides.
Alguien llamó a la puerta, entrando en la oficina tras los golpes. La figura de Lobelia García irrumpió en la estancia posando una taza de café sobre el escritorio y, a diferencia de la clienta García, esta tenía una dentadura perfectamente alineada y una nariz cuidadosamente proporcionada.
            -Gracias, Gines 210 –dijo el dependiente.
Ricardo y Lobelia se miraron confusos mientras el dependiente se recostaba en su silla de alto respaldo acolchado. La réplica robótica de Lobelia se quedó en pie mirando a los dos clientes mientras que la hija androide se situaba tras ellos. El dependiente se miró la muñeca, donde un reloj digital reflejado sobre su piel marcaba las 13:50.
            -Como decía, cualquier sinónimo de imperfección. Por favor, acompáñennos y procederemos a la destrucción de moldes.    

CERTAMEN DE RELATOS DEL IES DR SANCHO DE MATIENZO (IV)



Cambiamos de tercio y os presentamos una metáfora de lo más gráfico sobre la vida como sucesión de obstáculos que salvar y cimas que coronar. Firma tan pesimista relato el gran Kosma Campanón Kublin, nuestro corresponsal oficial, que nos alivia de tanta carga al final, eso sí, con el poder redentor del amor. Lean, si no, este relato, que ha obtenido el segundo premio en la categoría C, para alumnos de 1º y 2º de Bachillerato. ¡Enhorabuena, Kosma!

“LA VIDA ES DEMASIADO CORTA”
(K0sma Campanón Kublin, 2º Bachillerato)
Aquella mañana el sol salió lentamente, como si le quedase poco tiempo antes de apagarse. Lo observé unos instantes con una amplia sonrisa y me dirigí al lavabo donde vi en el reflejo de ese sucio espejo un rostro cansado con muchas canas y un solo ojo de color verde pistacho. Tras asearme durante unos minutos, entré en la cocina fijándome en las sobras de la fiesta familiar de anoche. Quedaba algo de vino, tarta de arándanos, mi favorita, algunos cachos de pan y el buen jamón que trajo mi hijo de Extremadura.
Después de haber recordado la épica noche que pasamos entre risas y whatsapps, término que aún no entendía con claridad, me acerqué a la nevera y una sensación de remordimiento me recorrió el alma cuando mis ojos se cruzaron con la foto de mi difunta mujer, la cual estaba pegada al frigorífico con unos imanes de colores que mis nietas habían colocado detalladamente. Se me disolvió el apetito, así que comencé a pensar en qué hacer para pasar la mañana. Al cabo de unos segundos, se me ocurrió subir al tejado para observar la hermosa ciudad donde vivía, pues aunque soy viejo, todavía conservo suficientes dotes como para que noventa peldaños me hagan frente.
Comencé a subir. Cuando iba por el tercer peldaño, recordé aquella tarde en el parque cuando apenas tenía tres años y mi madre me gritaba como una loca para que me quitase del medio de la carretera. Ignorante del peligro, me senté, pues siempre fui un niño tranquilo y obediente.
Ya me encontraba en el décimo escalón y se me vino a la mente un suceso que ocurrió cuando tenía diez años de edad. Estábamos en la escuela cuando llegó el conserje y me mandó salir de clase. Estaba algo inquieto cuando vi a mi madre llorar desconsoladamente y a todos mis hermanos mayores abrazándola. Mi padre había muerto hacía unas horas en el trabajo, a causa de una enorme placa de cemento que le cayó encima mientras la intentaba soldar a lo que iban a ser las paredes de un lujoso edificio del centro de la ciudad. Cuando esta se soltó y cayó encima de mi padre, solo dejó de él una mancha de sangre que ni siquiera pudimos ver.
Había superado el vigésimo escalón y mis piernas comenzaban a fatigarse, cuando mis ojos encontraron el título de veterinario que colgaba de la pared, el cual logré superar en la Universidad de Barcelona. A medida que pasaban los peldaños, comenzaban a venirme más y más recuerdos de mi próspera vida. Conseguí llegar a la primera planta de la casa, aunque con consecuencias. Me sentía bastante mal, las manos me sudaban y comencé a temblar, así que me senté en un viejo sillón azul aterciopelado. Ese fue mi revolucionario e innovador regalo de bodas. Era cómodo y suave y aún conservaba las marcas de cigarrillos que mi hijo mayor me ocultaba. Después de un buen rato smido en un profundo sueño, cogí mi cachaba y con mucho esfuerzo logré ascender hasta la segunda planta, donde tras muchos y agotadores intentos atrapé el álbum de fotos que se escondía debajo del mueble-bar. Lo abrí por la primera página y comencé a llorar como un niño debido a esa dichosa foto de mi mujer, por lo que tiré el álbum con todas mis fuerzas hacia la ventana, la cual se rompió dando paso al pesado libro que cayó justo encima de mi energúmeno vecino.
Solo tardé cinco minutos en subir los treinta escalones que separaban la segunda de la tercera planta, pero muy pronto me arrepentí, no recordaba que en la tercera planta fue donde falleció mi mujer. En ese momento me desvanecí, las gafas se me partieron al chocar con el duro suelo de piedra, el bastón rodó escaleras abajo, el mundo me aplastaba. Tras varios minutos inconsciente, me levanté y observé que mi hijo pequeño me sujetaba y arropaba con una manta. Me sorprendió mucho que se atreviera a subir, ya que sufre claustrofobia y los espacios de la casa en la segunda y tercera planta no son muy extensos. De repente oí la sirena de la ambulancia y le pregunté a mi hijo qué pasaba. Él me contestó que venían a ayudar. Me volví a desmayar.
Desperté en el hospital en una sala blanca llena de viejos chochos y malolientes a punto de morir. Me percaté de que estaba enchufado a una serie de máquinas que medían toda clase de cosas, desde los latidos del corazón hasta la tensión que ejercían mis párpados sobre mis ojos. Observé cómo mi familia al completo venía a toda prisa para abrazarme con todas sus fuerzas y me decían cosas bonitas para que me sintiera mejor. Tanto mis ojos como los de todos ellos se inundaban al verme en tan buen estado, así que no se les ocurrió otra cosa mejor que despedirme de este mundo con un abrazo tan grande que me dejó literalmente sin oxígeno. Ya no había tensión.