Mostrando entradas con la etiqueta Concurso de relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Concurso de relatos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de mayo de 2015

CERTAMEN DE RELATOS DEL IES DOCTOR SANCHO DE MATIENZO (V)



Abandonamos el género de terror -¡buf!- para sumergirnos de lleno en la ciencia ficción, salpicada, por aquí y por allá, de tintes macabros y de un humor negro marca de la casa. El título de hoy es “El lunar”, del bueno de Fernando Pérez Sañudo, de 2º de Bachillerato, que ha obtenido el primer premio en la categoría C, para alumnos de 1º y 2º de Bachillerato.
Dejad de lado vuestros prejuicios sobre el género porque “El lunar” es un relato redondo y divertido sobre los peligros de la hipertrofia tecnológica y sobre cómo aquello que deseamos puede volverse contra nosotros mismos. ¡Enhorabuena, Fernando!

EL LUNAR
(FERNANDO PÉREZ SAÑUDO, 2º BACHILLERATO)
            -Como ya les aseguré hace dos meses, el producto está listo y personalizado según la ficha que rellenaron –les informó el dependiente que les había atendido la última vez que fueron a aquella oficina.
Ricardo Bilbao miró a su esposa con una sonrisa de satisfacción.
            -En Corpus Machina nos tomamos nuestro trabajo muy en serio. El 96% de nuestros clientes aseguran que los productos que ofertamos realizan correctamente sus funciones y se corresponden con las peticiones y sugerencias de nuestros compradores –prosiguió apoyando sus manos sobre la mesa- Ya saben que nuestra empresa fabrica androides basados en modelos humanos. Ustedes, el matrimonio Bilbao-García, solicitaron el día dieciocho de enero un modelo Gines con las siguientes características, ¿correcto?
Lobelia García leyó la ficha que el dependiente había situado sobre el escritorio y comprobó que cada una de las casillas que contenían los datos sobre la personalización del producto eran correctas.
Marido y mujer firmaron en el último recuadro que había en la hoja, junto al sello azul de la empresa.
            -Correcto –sentenció Lobelia Bilbao y le devolvió la ficha al dependiente.
            -Bien, solo queda mostrarles el resultado final. Después solo tienen que abonar lo que falta del pago y el producto es todo suyo.
El matrimonio asintió casi al mismo tiempo mientras el encargado sacaba de un cajón metálico un mando a distancia que situó sobre la mesa.
            -El Gines ofrece múltiples posibilidades que los modelos anteriores no poseían. La inteligencia artificial ha sido mejorada, siendo totalmente acorde según la situación que se esté viviendo. No obstante, ustedes pueden alterarla utilizando estos botones de aquí o con el control de voz y olvidarse de la tensión de tener una hija adolescente. Desde Corpus Machina les aseguramos que no notarán diferencia con ella–explicó entregándole el pequeño mando a distancia a Ricardo Bilbao.
Este pulsó el botón de encendido, que se iluminó con una luz amarilla y, en poco tiempo, su compra entró en la oficina con unos movimientos muy realistas y naturales. La piel y los cabellos habían sido recreados con gran precisión y detalle.
            -Como pueden comprobar, el resultado es excepcional.
Lobelia García frunció el entrecejo cuando observó los pómulos rosados de la réplica robótica de su hija.
            -Pero… Hay un error –anunció con preocupación.
            -Eso no es posible, señora Lobelia, Corpus Machina ha seguido todas las directrices.
            -¡Le digo que hay un serio error! –exclamó como una energúmena.
Ricardo trató de calmarla, pues Lobelia padecía de claustrofobia y convenía actuar con cautela cuando le azotaban aquellos brotes de estrés.
            -Falta el lunar de su mejilla –añadió Lobelia mostrándole al dependiente una foto de carnet de su hija.
            -Sin duda algo prescindible –reprochó el dependiente atándose la chaqueta de su traje.
            -En absoluto. Es totalmente imprescindible. Sin ese lunar es como si no tuviese personalidad alguna. ¡Qué digo, como si no tuviese cerebro! –lo reprochó Lobelia.
            -Como ya he dicho, Corpus Machina se toma muy en serio su trabajo. Su modelo Gines ha sido probado y funciona correctamente. Miren: ¡Gines 208, habla! –ordenó al robot.
            -¡Deja de comportarte como una loca, mamá! Me avergüenzas –habló con una voz muy humana.
Ricardo se estremeció en su silla.
            -¿No pueden añadir el lunar?
            -Me temo que eso es imposible.
            -¡Es terrible! ¡Mírala, Ricardo! Ni siquiera parece una persona –Lobelia se llevó la mano a la frente con desesperación.
            -No se preocupen –sonrió el dependiente- Después de todo un Gines nunca se estropearía al caer por las escaleras. Claro que no se puede decir lo mismo de su hija.
Lobelia lo fulminó con la mirada.
            -La política de nuestra empresa promueve la diversidad y la estética en nuestros productos. Cualquier sinónimo de imperfección es erradicado en nuestros androides.
Alguien llamó a la puerta, entrando en la oficina tras los golpes. La figura de Lobelia García irrumpió en la estancia posando una taza de café sobre el escritorio y, a diferencia de la clienta García, esta tenía una dentadura perfectamente alineada y una nariz cuidadosamente proporcionada.
            -Gracias, Gines 210 –dijo el dependiente.
Ricardo y Lobelia se miraron confusos mientras el dependiente se recostaba en su silla de alto respaldo acolchado. La réplica robótica de Lobelia se quedó en pie mirando a los dos clientes mientras que la hija androide se situaba tras ellos. El dependiente se miró la muñeca, donde un reloj digital reflejado sobre su piel marcaba las 13:50.
            -Como decía, cualquier sinónimo de imperfección. Por favor, acompáñennos y procederemos a la destrucción de moldes.    

CERTAMEN DE RELATOS DEL IES DR SANCHO DE MATIENZO (IV)



Cambiamos de tercio y os presentamos una metáfora de lo más gráfico sobre la vida como sucesión de obstáculos que salvar y cimas que coronar. Firma tan pesimista relato el gran Kosma Campanón Kublin, nuestro corresponsal oficial, que nos alivia de tanta carga al final, eso sí, con el poder redentor del amor. Lean, si no, este relato, que ha obtenido el segundo premio en la categoría C, para alumnos de 1º y 2º de Bachillerato. ¡Enhorabuena, Kosma!

“LA VIDA ES DEMASIADO CORTA”
(K0sma Campanón Kublin, 2º Bachillerato)
Aquella mañana el sol salió lentamente, como si le quedase poco tiempo antes de apagarse. Lo observé unos instantes con una amplia sonrisa y me dirigí al lavabo donde vi en el reflejo de ese sucio espejo un rostro cansado con muchas canas y un solo ojo de color verde pistacho. Tras asearme durante unos minutos, entré en la cocina fijándome en las sobras de la fiesta familiar de anoche. Quedaba algo de vino, tarta de arándanos, mi favorita, algunos cachos de pan y el buen jamón que trajo mi hijo de Extremadura.
Después de haber recordado la épica noche que pasamos entre risas y whatsapps, término que aún no entendía con claridad, me acerqué a la nevera y una sensación de remordimiento me recorrió el alma cuando mis ojos se cruzaron con la foto de mi difunta mujer, la cual estaba pegada al frigorífico con unos imanes de colores que mis nietas habían colocado detalladamente. Se me disolvió el apetito, así que comencé a pensar en qué hacer para pasar la mañana. Al cabo de unos segundos, se me ocurrió subir al tejado para observar la hermosa ciudad donde vivía, pues aunque soy viejo, todavía conservo suficientes dotes como para que noventa peldaños me hagan frente.
Comencé a subir. Cuando iba por el tercer peldaño, recordé aquella tarde en el parque cuando apenas tenía tres años y mi madre me gritaba como una loca para que me quitase del medio de la carretera. Ignorante del peligro, me senté, pues siempre fui un niño tranquilo y obediente.
Ya me encontraba en el décimo escalón y se me vino a la mente un suceso que ocurrió cuando tenía diez años de edad. Estábamos en la escuela cuando llegó el conserje y me mandó salir de clase. Estaba algo inquieto cuando vi a mi madre llorar desconsoladamente y a todos mis hermanos mayores abrazándola. Mi padre había muerto hacía unas horas en el trabajo, a causa de una enorme placa de cemento que le cayó encima mientras la intentaba soldar a lo que iban a ser las paredes de un lujoso edificio del centro de la ciudad. Cuando esta se soltó y cayó encima de mi padre, solo dejó de él una mancha de sangre que ni siquiera pudimos ver.
Había superado el vigésimo escalón y mis piernas comenzaban a fatigarse, cuando mis ojos encontraron el título de veterinario que colgaba de la pared, el cual logré superar en la Universidad de Barcelona. A medida que pasaban los peldaños, comenzaban a venirme más y más recuerdos de mi próspera vida. Conseguí llegar a la primera planta de la casa, aunque con consecuencias. Me sentía bastante mal, las manos me sudaban y comencé a temblar, así que me senté en un viejo sillón azul aterciopelado. Ese fue mi revolucionario e innovador regalo de bodas. Era cómodo y suave y aún conservaba las marcas de cigarrillos que mi hijo mayor me ocultaba. Después de un buen rato smido en un profundo sueño, cogí mi cachaba y con mucho esfuerzo logré ascender hasta la segunda planta, donde tras muchos y agotadores intentos atrapé el álbum de fotos que se escondía debajo del mueble-bar. Lo abrí por la primera página y comencé a llorar como un niño debido a esa dichosa foto de mi mujer, por lo que tiré el álbum con todas mis fuerzas hacia la ventana, la cual se rompió dando paso al pesado libro que cayó justo encima de mi energúmeno vecino.
Solo tardé cinco minutos en subir los treinta escalones que separaban la segunda de la tercera planta, pero muy pronto me arrepentí, no recordaba que en la tercera planta fue donde falleció mi mujer. En ese momento me desvanecí, las gafas se me partieron al chocar con el duro suelo de piedra, el bastón rodó escaleras abajo, el mundo me aplastaba. Tras varios minutos inconsciente, me levanté y observé que mi hijo pequeño me sujetaba y arropaba con una manta. Me sorprendió mucho que se atreviera a subir, ya que sufre claustrofobia y los espacios de la casa en la segunda y tercera planta no son muy extensos. De repente oí la sirena de la ambulancia y le pregunté a mi hijo qué pasaba. Él me contestó que venían a ayudar. Me volví a desmayar.
Desperté en el hospital en una sala blanca llena de viejos chochos y malolientes a punto de morir. Me percaté de que estaba enchufado a una serie de máquinas que medían toda clase de cosas, desde los latidos del corazón hasta la tensión que ejercían mis párpados sobre mis ojos. Observé cómo mi familia al completo venía a toda prisa para abrazarme con todas sus fuerzas y me decían cosas bonitas para que me sintiera mejor. Tanto mis ojos como los de todos ellos se inundaban al verme en tan buen estado, así que no se les ocurrió otra cosa mejor que despedirme de este mundo con un abrazo tan grande que me dejó literalmente sin oxígeno. Ya no había tensión.

CERTAMEN DE RELATOS DEL IES DOCTOR SANCHO DE MATIENZO (III)



Por si andáis escasos de lectura, os dejamos aquí un nuevo relato del certamen. Se titula “El árbol”, su autora es Maitane Vivanco, de 4º de la ESO, y ha obtenido el segundo puesto en la categoría B, para alumnos de 3º y 4º de la ESO. De hecho, es la única premiada en esta categoría, cuyo primer puesto hemos decidido dejar desierto.
La cosa sigue sucediendo de noche y se añaden en esta ocasión despertares repentinos, secuestros y locos de pesadilla, además de una narración en primera persona que lo hace todo más vívido. ¡Enhorabuena, Maitane! 

“EL ÁRBOL”
(Maitane Vivanco,  4º ESO)
Aquella noche del sábado me desperté sobresaltado por la insistente voz que intentaba despertarme en mitad de aquella oscuridad infinita. ¿Quién demonios era? Nada más abrir los ojos pude comprobar cómo una cara cubierta de mechones rubios me observaba con atenta mirada. ¿Anna? Oh dios mío no podía haber elegido un peor momento; mi habitación estaba hecha un desastre y aún tenía algunos restos de comida del día anterior. A ella pareció no importarle, ya que rápidamente me levantó de la cama y me dijo que me vistiera. Hacía un frío tremendo;  a pesar de estar en pleno otoño no había abandonado la costumbre de dormir en bóxers. Adormilado me vestí rápidamente con unos vaqueros rotos por la rodilla y una sudadera blanca, me puse mis adoradas converse y la seguí por la ventana. Tuvo que pasar un buen rato hasta que me diera cuenta de que no le había preguntado qué demonios estaba haciendo sacándome de la cama un sábado a las 3 de la mañana, entre el sueño y el cansancio lo había olvidado por completo. De modo que la paré algo extrañado y le formulé la obviada pregunta.
Anna es mi vecina desde que yo tenía 8 años; no es que pasáramos demasiado tiempo juntos especialmente. Ella era la popular del instituto y yo alguien que pasaba desapercibido, por lo que la idea de estar junto a ella no me disgustaba del todo; era alta, rubia y con unos ojos azules impresionantes. La verdad es que nunca la había visto con un chico, pero dado su espíritu aventurero y la facilidad que tiene en meterse en líos no me extraña en absoluto.
Cuando la paré y le pregunté el motivo de esta escapada furtiva, me cogió de la mano y tiró de mí hasta ocultarme bajo una escalera de emergencias del edificio contiguo. Al parecer alguien estaba secuestrando niñas por el barrio, y resulta que esa noche pudo contemplar con sus propios ojos cómo se llevaban a una de ellas. ¿Y por qué precisamente recurre  a mí? Me aclaró que la única persona a la que podía recurrir era yo, Alan, y por ello le pareció divertido asaltar mi habitación en aquel momento. Se me hizo extraño preguntarle qué es lo que estaba haciendo a esas horas, pero la respuesta pareció ser obvia: estaba en una de las fiestas que los populares suelen organizar los fines de semana y de vuelta a casa lo vio todo. Antes de venir a buscarme había seguido la furgoneta hasta el bosque, donde sorprendentemente nos encontrábamos ahora. Maldita sea ¡estoy atontado! Necesito despejarme, de modo que voy a una pequeña fuente cercana a mí y meto la cabeza por completo, dejando que el chorro me refresque al instante. Conseguido, parece  que algo he espabilado. Cuando me dice que tenemos que entrar en aquel bosque lleno de enormes árboles y extraños animales todos mis músculos se ponen en tensión. Creo que ella lo nota, por lo que viene directa hacia mí y me calma con un abrazo. Podría estar así toda la noche, pero vuelvo a la realidad cuando se aparta y me da una linterna que saca de su enorme bolso granate. ¿Qué demonios hacen para tener tantas cosas en ellos? Es un misterio que aún no logro comprender. Decido que si ella va a entrar no la voy a dejar sola, así que la sigo lentamente y con algo de temor. Sinceramente me recuerda a Viernes 13, pero dadas las circunstancias me quito rápidamente ese pensamiento de la cabeza. Espero paciente a que atraviese un pequeño puente de madera que nos separa de la abundante agua que parece tener vida por el reflejo que la luna le aporta y después con cuidado cruzo yo. A medida que nos vamos acercando podemos distinguir la silueta de una gruesa puerta de hierro incrustada en la corteza de un árbol. En mis 21 años que llevo aquí juro no haberla visto nunca. Vale, tampoco vengo mucho por aquí, pero cuando tenía 10 años vine con mi padre a buscar setas, y puedo asegurar que esa puerta no estaba. Anna se gira para comprobar que la sigo y me indica con un leve gesto que tiene intención de entrar. ¿De verdad me está pidiendo que entre por una puerta que en mi vida había visto y no sabiendo si detrás de ella me puedo encontrar con un asesino que nos haga pedazos? Hago ademán de darme la vuelta, pero ella me agarra por el brazo. Me da una serie de argumentos en susurros que apenas oigo y parecen convencerme, porque involuntariamente me doy la vuelta, me acerco a la puerta y giro el pomo para abrirla. Mierda, la linterna se queda sin pilas y pronto la oscuridad se adueña de nosotros. Le voy a decir que no es buena idea, ya que ese espacio me da bastante respeto y más aún  cuando está a oscuras, cuando me tiende otra linterna exactamente igual. Mujeres. Alumbro con cautela el  interior del tronco y compruebo que hay unas escaleras que conducen al interior. Bajo peldaño a peldaño, intentando hacer el menor ruido posible, pero me resulta bastante difícil teniendo en cuenta la cantidad de telarañas que me voy comiendo. Al cabo de aproximadamente cinco minutos, nos encontramos con otra puerta exactamente igual a la principal. Giro el pomo y reprimo una náusea cuando un olor a carne podrida se introduce en mi nariz. Me pongo la mano en la boca y me giro para ayudar a Anna, que inevitablemente se había puesto a devolver. No me había parado a mirar la habitación, cuando me doy cuenta de que está llena de ganchos con carne y cuerpos envueltos en plásticos. Reprimo un grito cuando me fijo en un hombre que al final de la habitación se distrae pegando hachazos a algo que tiene forma de cabeza. Mis náuseas cada vez son más insistentes, pero se me olvidan por completo cuando oigo un golpe seco que retumba en la habitación. No, no, no. Estaba tan concentrado en la escena que me había olvidado por completo de Anna. ¿Cómo no acordarme de su claustrofobia? Aquel espacio era realmente pequeño, apenas entraba de pie y maniobraba con dificultad. Pero al que casi se le para el corazón es a mí, al descubrir que desgraciadamente no era el único que lo había oído. Esa enorme masa de carne con guantes y máscara manchados de sangre se acercaba a mí a gran velocidad. Sin pensármelo dos veces cojo a Anna y la arrastro como puedo por aquellas escaleras, cierro la puerta principal, la cargo en un hombro y empiezo a correr. Menos mal que mis entrenamientos de atletismo han servido para algo, pero debo delirar, cuando ese hombre aparece delante de mí y hace que caiga con un golpe seco.
¿Qué demonios ha pasado? Me duele terriblemente la cabeza, me va a estallar. Abro lentamente los ojos, cuando compruebo que estoy en el suelo de la habitación y me incorporo sobresaltado cuando alguien con una voz familiar entra dando gritos como un energúmeno. ¿Papá? Pero… Ah qué alivio ¿Se trataba de un sueño? Qué idiota, parecía real ¿De verdad me he caído de la cama? Evito reírme. Me había olvidado por completo que hace mucho tiempo que no iba a buscar setas al bosque con mi padre, por lo que habíamos decidido ir hoy, y al parecer llego tarde. Al salir de casa compruebo que una alegre Anna me saluda desde su ventana, y también que una furgoneta bastante siniestra cruza la calle a gran velocidad. Al llegar al bosque compruebo aliviado que la puerta, como yo creía, no existe, hecho que hace que me ría.
Han pasado varias horas, ya es de noche y la luna amenaza en lo alto. Cruzo el viejo puente de madera, y al volverme creo ver una enorme puerta de hierro en la corteza de un árbol.

domingo, 10 de mayo de 2015

CONCURSO DE RELATOS DEL IES DOCTOR SANCHO DE MATIENZO (II)



Con un título de lo más exhaustivo, constituido por todas las palabras clave del certamen y un estilo más que llamativo, del que quien desde aquí os habla destacaría la magnífica adjetivación, llega el relato ganador de la categoría A, para alumnos de 1º y 2º de la ESO, firmado por Gabriel Alonso Enríquez de 2º de la ESO B. ¡Enhorabuena, Gabriel!
                                              
“LA TENSIÓN POR ENCONTRAR LA ESCALERA COMO UN ENERGÚMENO, PARA LIBERARSE DE LA CLAUSTROFOBIA” 
(GABRIEL ALONSO ENRÍQUEZ, 2º B DE LA ESO)
Pasaba la tarde, las sombras se alargaban, los caminos comenzaban a desdibujarse, el lecho de hojas secas ni siquiera crujía, blandas por la humedad dejaban pasar las pisadas, con un profundo silencio. El canto de los pajarillos apenas se oía, la tarde tocaba a su fin.
Aquel día de invierno, tras caminar hasta el anochecer, no se le ocurrió otra cosa que acercarse hasta el castillo abandonado, quería ver las sombras de la noche en él. Caminó por alrededor de la vieja muralla ahora derruida por el paso de los siglos. Aquella que en su día se mostraba impenetrable. Hoy de un simple salto, como él hizo, se podía colar cualquiera en aquella propiedad de antiguos linajes.
Lo que nunca intuyó era aquel agujero en la hierba, lo que le supuso el desliz más desafortunado de su vida. Mientras caía, pensó que aquel pasadizo nunca lo había visto, ni había oído hablar de él. Su cuerpo rebotó entre las paredes de aquella especie de túnel excavado en la roca y que de forma inclinada terminaba en un sótano olvidado.
Magullado, dolorido, pero afortunadamente entero y vivo, tardó un rato en recomponerse; no entendía nada, ni qué había pasado, ni dónde estaba. Solo acertaba a recordar que se había sentido engullido por un agujero desconocido. Y mientras sus manos buscaban la vieja linterna a tientas, notaba como un líquido caliente salía de las heridas sufridas. Apenas llegaban los últimos rayos de luz por algunos huecos del techo a aquel lugar olvidado. De pronto su cuerpo se convulsionó, dio varias vueltas sobre sí mismo, como buscando una salida, pero no tenía en su memoria aquel lugar. Sí que en alguna ocasión, en el pueblo había oído alguna historia de unas mazmorras olvidadas en el tiempo. Algo lejano en la memoria le decía que una escalera extraña tras un muro bajaba a las profundidades del castillo, pero también recordaba con nitidez que nadie había bajado, que él recordase. En ese momento, con la constancia de saberse perdido y encerrado, comenzó a dar manotazos en la oscuridad, a comportarse como un energúmeno, intentó escapar de aquellas mazmorras, poseído por una tensión desconocida. Nunca había sentido nada igual, en el interior de su cuerpo se debatía una impresionante pelea por querer estar sereno, pero no había forma, arrasaba todo a su paso, ignoraba que padeciera una enfermedad tan evidente, pero al mismo tiempo tan desconocida para él. No lograba encontrar la escalera salvadora, la que al fin le llevara a la luz de la noche, la que le alejara de aquel sórdido lugar.
Por su mente pasaron aquellas historias que había leído en su juventud en aquellos relatos breves, aquellos horrores que contaban de aquel castillo abandonado. Ahora sabía que no se podía jugar con el pasado, con las leyendas. Ahora valoraba en la forma más terrorífica lo que significaba padecer claustrofobia, ahora acababa de descubrir el pánico que suponía encontrase encerrado sin saber salir de un lugar tan tenebroso. No volvería a bromear con los veraneantes que se aventuraban en las vacaciones, a deambular por las inmediaciones del castillo.
Ahora experimentaba de nuevo esa tensión infinita que precede casi al suicidio, cuando no puedes salir de un lugar al que nadie sabe que has ido. Sentía cómo la claustrofobia le atenazaba la mente y las manos, ni siquiera comportarse como un energúmeno poseso le había devuelto el camino de salida. No lograba encontrar la escalera que sabía escondida tras un muro maestro. Incluso pensaba que ya nunca saldría con vida, y pensó que los veraneantes encontrarían su cadáver mutilado por las alimañas al llegar las vacaciones de verano.
De pronto y ya con la noche prieta, a lo lejos, como si quisiera marcarle una salida, oía los aullidos de un lobo, unos aullidos que lo situaban en un lugar del castillo que creía reconocer, ya sin fuerzas y arrastrándose por las mazmorras, se fue dirigiendo hacía el lugar de donde provenían los sonidos, pero en su mente aquellos aullidos eran horrorosos, retumbaban en lo más profundo de su cerebro, pero de nuevo se bloqueaba, caminaba arrastrándose por aquellos sótanos inmundos, no lograba ver ni un rayo de luna en el techo de aquellas bóvedas, era incapaz de reaccionar en el buen camino, las uñas de sus dedos estaban destrozadas de rozar con las paredes de aquella mazmorra; pero al doblar una esquina de aquel laberinto subterráneo, tropezó con el primer peldaño de la escalera, la escalera que le salvaría la vida, pensó. Y comenzó a trepar por ella como podía, ciego por salir.
Sin saber cómo, el frío de la noche golpeó su rostro, se encontró de pronto, en lo que parecía antaño un pozo en el centro del patio de armas del castillo. Y alzando la vista pudo ver las estrellas, entre las ramas desnudas de los árboles. Había llegado a la calle, se olía el pánico, se sentía el corazón con latidos como campanazos de la torre de la iglesia. Entonces la tensión acumulada, de repente le hizo tumbarse en el suelo, encogerse y romper  a llorar como un chiquillo. Ni la presencia cercana del lobo parecía asustarlo. En el fondo aquel animal, no estaba allí para asustarlo, estaba allí para salvar su vida. Pero eso lejos de entenderlo, es como para contar otra historia. Y a esa, hoy no hemos venido.
Hoy nos quedaremos con la tensión por encontrar la escalera como un energúmeno, para liberarse de la claustrofobia.